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Haz lo que yo digo, no lo que yo hago

¿MODELADO O “HAZ LO QUE YO DIGA PERO NO LO QUE YO HAGO”?

Cuando hablamos de modelado, hablamos de imitación de conductas. Los adultos imitamos ciertos patrones de comportamiento, por ejemplo cuando hacemos algo que no estamos habituados a realizar, nos fijamos en lo que hacen los demás y los imitamos para aprender. Se trata de una conducta normal y adaptativa.

Pero principalmente hablamos de modelado cuando hablamos de niños. Estos son especialmente susceptibles al modelado, ya que todo su aprendizaje se basa en observar lo que hacen los demás e imitarlo. Los adultos somos sus modelos. Así comienzan a sonreír, a hablar, a jugar… Cuántas veces hemos visto a un niño acercándose un teléfono de juguete al oído y ponerse a hablar, o diciéndole a su hermano pequeño que se porte bien, repitiendo frases que tantas veces les decimos.

Es decir, si le decimos gritando que no grite, de poco nos va a servir. Será mejor hablarle con calma y explicarle que no debe gritar. Si le pegamos cuando ha pegado a su hermanito pequeño, perdemos la capacidad de razonarle que no se debe de pegar, ya que lo estamos haciendo nosotros mismos, y la próxima vez volverá a pegarle. Si cada vez que hace algo que consideramos que no debería haber hecho nos enfadamos y tardamos en volver a hablarle, el niño se enfadará cada vez que se le presente una contradicción y tendrá menos capacidad para expresar sus emociones.

Cuanto más estables emocionalmente sean los padres y educadores, más claras se tengan y se dejen las cosas, y menos agresividad mostremos en nuestro comportamiento, mejores conductas obtendremos de los niños.

La información parece estar clara. Sin embargo, observando los comportamientos habituales de los adultos cabría preguntarse dos temas.

  1. Somos realmente conscientes de lo poderosa que es esa capacidad de absorber conductas que observan los niños.
  2. Y, también importante, esa capacidad no la ejercemos sólo sobre nuestros hijos, sino sobre todos los niños que interactúan con nosotros.

Sobre esas preguntas se me ocurrió reflexionar algo más e ir más allá en la pregunta. Si somos conscientes de ese poder, de esa capacidad que ejercemos sobre los demás, no sólo en los niños, cómo es que nos comportamos como lo hacemos. Nuestra sociedad occidental, ¿está enferma? ¿Vivimos en una sociedad patológica?

Los comportamientos que vemos habitualmente y consideramos “normales”, ¿lo son realmente?

Paseando por Madrid o por cualquier ciudad de España, sentado en un banco, en el transporte público, en el coche, en un evento deportivo,… Todos los días interactuamos con un montón de personas. Personas de las que a veces somos conscientes, otras ignoramos, nos sirven de ejemplo o les damos ejemplo.

Estamos adaptados a una rutina y acostumbrados a una serie de comportamientos. Esos mismos comportamientos, fuera de ese contexto, y casi en cualquier otro, serían motivo de denuncia, escarnio y demás consecuencias negativas.

Empezando por conductas que no pueden ser consideradas delictivas o por lo menos no se denuncian. Vemos normal cruzar los semáforos en rojo, andar por el medio de la calle, tirar residuos al suelo, escupir por la calle, no respetar turnos en las filas, tirar los cigarros encendidos al suelo.

Incluso es curioso ver como al que lo respeta se le mira mal, se le presiona para que lo haga. Hay que ser “muy fuerte”, tener mucha personalidad para aguantar en un semáforo sin que vengan coches sin pasar viendo como “todo el mundo” pasa.

Y todo eso nos lo ven hacer nuestros hijos y el resto de niños de nuestro alrededor. Ellos lo normalizan. Les decimos que no lo hagan y nosotros lo hacemos. Incluso es normal oír a un padre o madre, cruzar con el semáforo en rojo para los peatones diciendo a su hijo “esto lo haces conmigo porque tenemos prisa y no vienen coches, cuando vayas solo, no lo hagas”. Y pretendemos que nos hagan caso. ¡¡Curioso!!

Otras conductas, ya consideradas delictivas, son también vistas con facilidad. Conducir en dirección prohibida por una calle (“no viene nadie y he visto un sitio cerca”), circular a mayor velocidad de la permitida,… Da igual que nuestros hijos estén delante o no. Con demasiada normalidad nos permitimos hacerlo. Incluso si nos pillan y multan, nos quejamos amargamente e incluso insultamos al agente de turno, al gobierno, al sistema corrupto,… Y los niños siguen observando como uno se integra en una sociedad.

El tema de los insultos a árbitros, jugadores y otros espectadores en espectáculos deportivos merece especial atención por estar directamente implicados los niños. Ya sea cuando están jugando a cualquier deporte nuestros hijos o en eventos en los que vamos como espectadores. Insultos, gritos, incluso violencia. Todo vale, y es más habitual de lo que creemos. Lo normal es menospreciar al rival, o incluso a los jugadores de nuestro equipo. Todo vale. Se podría hablar largo y tendido de lo patológico de esta conducta. La reflexión en este caso quiero focalizarla sobre la enseñanza que damos o pretendemos dar a nuestros hijos.

“Pártele las piernas”, “Métele el codo”, “Cuando salgas te vas a enterar”,… son amenazas habituales en padres espectadores de partidos de baloncesto, fútbol, waterpolo,.. en los que están jugando niños. Yo lo he visto en partidos ¡con niños de 8 años!.

¿Qué adultos serán esos niños? Pretendemos que sean respetuosos con los demás. Que valoren el esfuerzo. Que no sean como nosotros hemos sido. ¿Y creemos que eso es posible con el ejemplo que le hemos dado? Creemos que las nuevas generaciones no repetirán los errores que estamos cometiendo nosotros. Creemos que enseñar es forzar, prohibir, indicar las pautas. No nos damos cuenta que la mejor enseñanza es ser modelos de conducta.

La reflexión que planteaba en el título: “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”

By | 2017-05-17T20:28:49+00:00 abril 11th, 2017|familia, vida diaria|Comentarios desactivados en Haz lo que yo digo, no lo que yo hago

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Psicólogo, Formador, Consultor RRHH, Coach